El año del baño de hierro. Del steel bath, como alguien me dijo cuando le comenté en qué estaba. Lo que empezó como una ilusión de comprar casa para mí -la mía propia- se convirtió en una travesía nómada de un año. Todo lo que creía seguro, cómodo, mío, permanente, sólido, tuvo un cambio de significado, pues ya no debía ser nada físico-temporal sino interno. Algo que ya sabemos todos, pero vivir sin contenedor parecía imposible para mí. Dejé todas mis pertenencias - que no son pocas, tras 11 años en Barcelona - en una bodega y me fui a algo temporal mientras compraba casa. Logré ser humana digna - funcional, cívica, sistemática y, ante mi sorpresa, incluso mejor que antes.
Tuve mi vida mínima viable en tres maletas.
Tuve 50 sesiones de terapia.
Lloré mínimo dos veces a la semana.
Empaqué casi 40 maletas en el año.
Afiancé relaciones, conocí personas, lugares y encontré muchísimo más en menos cosas.
Aspiré, fumigué, limpié (y limpié y limpié), ordené y desordené más que nunca.
Me dieron piojos (esta historia es épica, genial, desgarradora, espeluznante y chistosa).
Me operaron y dolió.
Hice miles de kilómetros en aviones, en tren, en carro y en bicicleta. Dije sí 1000% más que años pasados. Compramos carro.
Me alimenté de ensalada César, bikini de jamón y queso, chicken tenders, caldo y chocolate. No cociné mucho, simplifiqué mis prioridades, gustos, ropa, elementos. Me asoleé en un parqueadero de motos. Fui lo más anti-aesthetic, anti-hip, anti-chic, anti-cool, anti-sleek. Al mismo tiempo, tuve mis momentos de lujo, de conexión y comodidad esporádica en los que disfruté y agradecí cada segundo. Duchas increíbles y seguras, montañas mágicas, ambientes perfectos en temperatura y humedad, prados impecables, colchones bioseguros y ergonómicos, aguas blandas de nacimiento y pH ideal, buena ventilación y sillas acolchonadas y horizontalizables.
Volví a yoga, me enamoré de hot yoga y hot hiit, bailé —aunque mucho menos de lo que me gustaría. Me amigué con mi cuerpo imperfecto. Lo amé, le di lo que me pidió. Me perdoné y alquimicé la vergüenza.
Me volví amiga de algunos perros. Me perdí sola en una montaña remota de la que casi no salgo. Exploré sin rumbo y entendí que me gusta la montaña más que la playa. Que amo las cascadas, los ríos y los bosques. Que cada vez tengo menos miedos y que la muerte física, definitivamente, me evade.
Encontré muchos espejos de mi misma. El universo me pone en el camino personas o situaciones que reflejan casi de manera cómica y exagerada aspectos de mí. Pude verme en tantas personas y lugares como gran muestra de la gran proyección en la que vivimos.
Eliminé la autoexigencia, los horarios, los calendarios, las rutinas. Navegué el día a día como mi cuerpo lo pedía, ahondé en la autoescucha y fui más eficiente. Lo que hice tuvo un alcance real o algún impacto que se sostuvo en el tiempo. Antes actuaba para llenar vacíos con tareas. Hoy contemplo el vacío, abrazo el vacío, estoy en el vacío, y las cosas se arman, surgen, brotan. Escucho cuando tengo el impulso, actúo ante lo que más resuena en el momento, y surge lo que debe surgir. Entre el “dejar ir y esperar a que las cosas lleguen” y “forzar a que las cosas pasen” está el fluir. Fluir intuitivo. Lograr escuchar al corazón. Identificar cuándo hay resistencia de mente o cuándo hay voluntad. Afinar el compás. E indudablemente jugar el juego de la vida como se presenta día a día.
El 2020 fue pausa y ruptura. Fue reconexión también; conmigo, con el todo, con el yoga. Abrir la puerta a redescubrirme.
El 2021 fue felicidad y expansión y apertura. Amores, sonrisa, baile.
El 2022 fue contradictorio. Un año de presencia, de encuerpar la densidad, de trabajar con el cuerpo y las sombras. Empezar a cambiar el pensar por sentir y el entender por experimentar. Muchas aperturas, mucho yoga y afirmación espiritual.